Torres miradores de Cádiz (2)

 
 
Las malas lenguas aseguran que lo peor de Cádiz, si no alborota el viento de poniente, es que lo haga el de levante. Cuando éste sopla, lo suyo es aguantar el tipo a buen recaudo. Junto al Baluarte de la Candelaria, hace cuatro años, la fuerza del viento descerrajó una gruesa rama de un ficus que, con mucho tino, fue a descabezar el busto de bronce de José Martí, haciendo añicos su pedestal. La pieza anda aún remendándose, y el aire haciendo de las suyas. Eso dicen las lenguas maliciosas, aunque omitan las otras muchas bondades de la vieja ciudad. Y hay quien piensa que hasta puede ser bueno, no vaya a correrse la voz y termine por desbaratarse la fascinación sosegada que ejerce el ritmo de vida gaditano.
 
De las distintas maneras con que uno puede acercarse a la ciudad, tal vez dos sean las más apetecibles. La primera es el tren, a pesar de su actual destierro en Cortadura. Si éste se alía con el huso horario y los crepúsculos, deslumbrará contemplar la caída de la tarde sobre los esteros del Parque Natural de la Bahía. La otra es sucumbir al embrujo de su silueta dieciochesca desde el mar, a ser posible a bordo del vaporcito que la une con El Puerto de Santa María, y dejarse enamorar por el perfil urbano que pasmó, en el siglo XIX, a ilustres visitantes como Edmundo de Amicis, Delacroix o Blanco White: el de sus torres-mirador.
 
Bonanza mercantil.
 
El traslado a Cádiz, en el año 1717, de la Casa de Contratación y el Consulado de Indias sevillanos, junto con la posterior supresión del monopolio comercial con América, hicieron que la ciudad atravesara la etapa económica más próspera de su larga vida. En ella se establecieron comerciantes genoveses, holandeses, ingleses y franceses que vieron medrar sus negocios y que dieron a Cádiz mucho de ese carácter divertido y abierto que la caracteriza. Y la vocación atlántica que en la colorista visión de los edificios del Campo del Sur han hecho a muchos ver un reflejo de La Habana y su malecón.
Las torres-mirador, censadas en ciento sesenta a finales del siglo XVIII, venían a aventar el bienestar de los intercambios comerciales de quienes las erigían. Bajo la excusa de vigilar los trasuntos mercantiles desde tierra, no había comerciante exitoso que no levantara la suya. El caso extremo fue el de aquel armenio adinerado que, en contra de las ordenanzas municipales al respecto, ordenó elevar cuatro torres en cada esquina del mismo edificio, abriendo otras tantas puertas a la calle para simular que se trataba de cuatro viviendas adosadas.
 
 
La casa de las Cuatro Torres es, aún hoy, una de las que más cautivan la mirada de quien se acerca al muelle gaditano. Situada en la plaza de Argüelles, junto al monumento a la Constitución de 1812, es uno de los mejores ejemplos para ilustrar cómo el espíritu barroco comenzó a vislumbrar el urbanismo como un arte: se trataba no sólo de hacer ciudades, sino de embellecerlas con construcciones dignas, decoradas con originalidad y colores atractivos.
 
La torre Tavira.
 
Desde la azotea del palacio de los marqueses de Recaño, actual Conservatorio de Música y Danza, Cádiz se transmuta en un irregular islote de azoteas, tendederos y antenas de televisión rodeados por la bahía y el Atlántico. Por el sol y el mar. Orientadas hacia el puerto despuntan la mayoría de las torres-mirador, que se conservan en mejor o peor estado. A fin de cuentas la torre Tavira fue la del vigía oficial del puerto durante dos siglos y, desde su privilegiada situación en el centro del Cádiz antiguo, todo parece quedar a tiro de piedra.
 
 
Subir a lo alto de esta torre depara la sorpresa de contemplar la cara oculta de una ciudad que se apretuja en el bullicio marinero de sus callejuelas, volver la mirada a su pasado y a las carencias y excesos inmobiliarios del presente. Pero también tener la oportunidad de disfrutar del perfil de La bella escondida, la única torre-mirador de planta octogonal que, además, destila la gran influencia ejercida por el mudéjar en el barroco andaluz y sus cerámicas. O las cúpulas doradas de la catedral nueva, entre el reverbero del mar en la playa de la Victoria, auténtica plaza mayor gaditana.
 
 
La luz de Cádiz.
 
Además de ser entrada al Barrio del Pópulo, el centro del Cádiz ancestral y más depauperado, siguiendo la escollera del Campo del Sur se llega a la playa de "La Caleta" y el castillo de San Sebastián. Por allí los barcos enfilan el rumbo hacia las Américas y también se pone el sol, un espectáculo que concita emociones compartidas y que refuerza el milagro de la luz de "Cai". Detrás, el barrio de la Viña, de fuertes resonancias carnavalescas y flamencas. El Parque Genovés lleva hasta la iglesia del Carmen, la más colonial del barroco gaditano. De ahí a la plaza de Mina hay un paso. Bastará sentarse en un banco y escuchar o internarse en el rompecabezas lineal de la ciudad para sentir el latido del mar, su aire y sus gentes.
 
 

 
 
Fotografía antigua de una torre mirador.
 
 
 
 
 
 
 
 
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3 respuestas a Torres miradores de Cádiz (2)

  1. Mimi dijo:

    Gracias por rescatar estas fotos del olvido, cuando vuelva a Cádiz, después de ver tu blog seguro que no lo miraré con los mismos ojos.

  2. usuario de renfe dijo:

    hola necesitamos ayuda para mejora el transporte publico de cadizhttp://antesentaxiqueconrenfe.spaces.live.com/

  3. Diana dijo:

    <iframe title ="Preview" scrolling="no" marginheight="0" marginwidth="0" frameborder="0" style="width:320px;height:240px;padding:0;background-color:#fcfcfc;" src="http://cid-cd1edf6819833228.skydrive.live.com/embedphoto.aspx/viaje%20a%20londres/IMAG0492.jpg"></iframe&gt;

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